Elegancia en el bajo fondo

A most violent year, de J.C. Chandor (2014). Con Oscar Isaac, Jessica Chastain, Albert Brooks.

Quédate mirando a tu interlocutor más tiempo del que a ti mismo te parezca cómodo

Aunque parezca increíble, en Netflix está esta perla: “A most violent year” (2014). Por el film de J.C. Chandor, también director de Margin Call y Triple Frontera, fluye una corriente de noir clásico que devuelve la fe al espectador adulto harto de hombrones en malla y capa por un lado y transgresiones formales hechas con regla de cálculo para festival que un par de años después dan vergüenza ajena.

Abel Morales (Oscar Isaac) dirige una empresa de transporte de combustible para calefacción de hogar que ha hecho crecer rápidamente, tras heredarla de su difunto y mafioso suegro, el padre de Anna Morales (Jessica Chastain, en cuya palidez se estrella con gracia el apellido latino de su marido). Abel, que ha pasado toda la vida evitando convertirse en un gángster, está decidido a adquirir un depósito de petróleo en la costa de Brooklyn para comprar directamente de cargueros y así dejar atrás a la despiadada competencia en un negocio tan turbio que seguir “todos los estándares de la industria” es una manera decorosa de confesarse delincuente . Usa todos sus ahorros para pagar el pie y tiene un mes para conseguir el resto con el banco. Pero no es un año cualquiera sino uno muy violento. Es 1981, apogeo de la crisis de seguridad en New York. Están robándole los camiones a punta de pistola y alguien de entre sus competidores está involucrado, si no como instigador, al menos como comprador del combustible robado. Además el IRS anuncia que presentará cargos contra la empresa de Abel (por “seguir los estándares de la industria”), las amenazas de la competencia llegan al acoso a domicilio y uno de los choferes de la flota de Abel termina a tiros con los asaltantes. Las cosas se enredan tanto que el banco con el que Abel ha hecho negocios por una década decide no prestarle la plata para pagar el saldo y él debe salir a conseguir a como dé lugar el resto, so pena de perder el adelanto, mientras intenta evitar la investigación del IRS, descubrir quién lo está asaltando y conservar el depósito de combustible por el que se lo está jugando todo.

He pasado toda la vida intentando evitar ser un gángster.

Uno de los grandes valores del film es tomar un setting tan realista, pedestre y rutinario, y construir a partir de él una atmósfera gangsteril donde se ve poca violencia explícita pero se respira su amenaza en cada plano. Es difícil decidir si se trata de un drama o de un thriller, y la verosimilitud que ello le otorga realza el efecto emocional de la violencia anticipada. Otra es la elegancia de la puesta en escena. Digámoslo así: el abrigo de paño color mostaza de Abel es lo más elegante que he visto en vestuario en mucho tiempo y la puesta en escena es más elegante que el abrigo. Cada plano respira el espíritu de la ciudad en su momento de mayor decadencia y su paleta de colores ocres y azules transmite el carácter de frontera entre la legalidad y la ilegalidad, entre la respetabilidad que está alcanzando y los extramuros en los que ha vivido y crecido Abel, un latino decidido a -él sí- lograr el sueño americano, cuando la expresión aún podía oírse sin soltar una risilla irónica. El corolario de la puesta en escena es el nivel de la actuación de Isaac. Su temple transmite con más claridad que las palabras la certeza central del personaje de Abel: la moral y la inteligencia van de la mano; no se debe evitar la violencia porque es “mala”, sino porque es una manifestación de estupidez y siempre produce efectos adversos a largo plazo. Y él, extremadamente ambicioso, quiere ganar la partida. “Quédate mirando a tu interlocutor más tiempo de lo que tú consideres cómodo”, dice a los jóvenes que van a tratar de salir a captar clientes, y en cada aparición en pantalla lo pone en práctica, incomodándonos e interpelándonos con la intensidad de su mirada en una fracción de segundo extra.

A most violent year entronca con obras de cineastas con nervio y denominación de origen neoyorquino, con “Serpico” de Lumet, “The French connection” de Friedkin y varios títulos de Scorsese. Tal vez por el efecto no intencional de asimilación entre obras de un mismo período histórico que produce el compartir tecnología, “A most violent year” se nota aún más emparentada a otro drama/thriller realista neoyorquino: “We own the night”, de James Gray. Pero me atrevo a decir que ésta es mejor, y que no entiendo por qué Gray es auteur prestigioso y Chandor es un realizador ya conocido pero no especialmente respetado.

Tal vez, como Abel, está corriendo una carrera de largo aliento y sabe que con calma e inteligencia llegará donde deba llegar. Veremos.

Sebastián Brahm