Seducción intelectual

Atlanta. Dos temporadas (2016, 2018). Creada por Donald Glover. Con Donald Glover, Brian Tyree Henry, LaKeith Stanfield, Zazie Beetz. Disponible en Netflix.

Smart motherfucker

Hacia el final de la segunda temporada de Atlanta, Earn (Donald Glover) ha logrado gestionar una gira internacional para su primo rapero Al “Paper Boi” Miles (Brian Tyree Henry), que pese a todo aún no está convencido de conservarlo como su manager. El mismo día que viajan, descubre que el pasaporte de Darius (LaKeith Stanfield), mano derecha de Al, está vencido. Darius, que no se altera por nada del mundo, sabe de un local donde lo pueden obtener en pocas horas, aunque a precio de oro, claro. El lugar parece hecho por y para emigrantes a Israel pero al joven de yarmulke y rizos que atiende a Earn y Darius no le extraña su presencia porque los raperos son parte habitual de la clientela: “Suelen dejar las cosas para último momento”, explica, y de pasada les ofrece el dato de su primo abogado de artistas para los contratos de Paper Boi. Earn quiere saber cómo entró su primo en la industria. “Mi tío ya lo hacía”, explica el joven. Earn, que tiene dudas acerca del abogado que están por contratar, piensa un instante y lo interroga: ¿cree que hay algún abogado negro tan bueno como su primo? En la sala de espera la gente levanta la vista, atenta. El joven responde con aplomo: no tiene duda de que lo haya pero “ser bueno” también significa tener contactos, y los negros no tienen los contactos que tiene su primo, “por razones sistémicas”.

En esta escena convergen casi todas las líneas de fuerza de la extraordinaria serie que es Atlanta: las grietas raciales de la sociedad norteamericana, el lugar de los negros en ella y el propio lugar en el hip-hop de Earn, que ha abandonado sus estudios en Princeton y ha regresado a casa a hacerse cargo del pequeño hijo que tiene con Van (Zazie Beetz). Ocurre, también en este caso, con la acostumbrada maña que despliega la serie (creada, producida co-escrita, protagonizada y ocasionalmente dirigida por la máquina que es Donald Glover) para generar personajes redondos y situaciones a un tiempo trágicas y graciosas que no cesan de plantear preguntas incómodas, paradojas y sutilezas en las relaciones humanas.

Pasó cerca de un año entre el momento que oí los primeros comentarios hiperbólicos sobre la serie y la empecé a ver, sobre todo porque he aprendido a desconfiar del hype manufacturado que acompaña buena parte de la oferta por streaming. Por supuesto, la devoré en pocos días. Desde la primera escena, un altercado con pistolas a la salida de un minimarket, los temas que uno espera de una historia de hiphoperos -rivalidades, territorialidad, fama, sexo- aparecen tratados con tino y una mirada original.

Estructuralmente, Atlanta está a medio camino entre las antiguas series episódicas y el modelo contemporáneo de una sola historia. Aunque algunos abarcan dos o tres capítulos, los episodios suelen ser autocontenidos, centrados en un evento que se prolonga casi los 27 minutos que dura cada uno. De todos modos, a partir de estos momentos específicos, auténticas iluminaciones, podemos seguir el trayecto de una suerte de apátrida, un joven de origen desaventajado que ha logrado un lugar de privilegio y lo ha abandonado para partir de cero, que avanza poco a poco, crece, y va obteniendo sus objetivos, armado sólo con su astucia para enfrentar dificultades por ambos frentes: la sociedad norteamericana en general, que no reconoce el estatus que alcanzó como universitario Ivy League y lo trata como un thug más, y el mundo del hip-hop, en el cual no todos están dispuestos a reconocerlo como uno de ellos.

Asusto a la gente en los cajeros automáticos, no me queda otra que rapear

Atlanta no es perfecta. Pierde consistencia cuando abandona el realismo y cuando la comicidad se acerca a la farsa. Pero constantemente logra dar en el clavo. “Asusto a la gente en los cajeros automáticos“, le dice Paper Boi a un entrometido vendedor de videos viralizables. “No me queda otra que rapear“. Sólo ese texto tiene más pathos que toda Así nos ven, la recreación dirigida por Ava DuVernay de un caso de manifiesta denegación de justicia a jóvenes negros. Más claramente: la complejidad ligera de Atlanta me vuelve capaz de observar detalles de un mundo que en principio me puede resultar distante y ajeno. Me invita a conocer la cultura negra contemporánea al entregarme matices y estructuras de relaciones que trascienden las diferencias superficiales entre este mundo y el mío, y puedo servirme de ella como metáfora de aspectos de mi propia vida. No dudo de las buenas intenciones de los realizadores de Así nos ven pero digamos que no trafican con sutilezas. La maldad de la fiscal es patente y ensordecedora desde el primer plano en que aparece, igual que los detectives, policías y miembros de la prensa. Y esa vulgaridad en la representación me mantiene ajeno. No sólo eso: de algún modo refuerza la otredad. Nada mata la narrativa audiovisual como el didactismo y el afán propagandístico, porque a cada interacción representada, por la necesidad obtusa de machacar el punto que se quiere remarcar, la acción se desacopla de la verosimilitud que requerimos para suspender nuestra incredulidad, aún cuando se trata de un villano. El zeitgeist sobreempático que domina la cultura norteamericana hace un lustro está produciendo efectos claros: intentos de cancelar artistas y creadores; una deformación llamativa de la crítica y de los parámetros según los cuales se determina el valor de la producción cultural, que ha hecho sucumbir las consideraciones estéticas a requerimientos éticos del contenido, además según el muy específico canon de la diversidad, y que produce olas de aprobación y rechazo según la adecuación de los productos a ese canon. Vemos periódicamente cómo son entronizadas por cumplir con el checklist interseccional obras que vociferan su mediocridad plano, desde Moonlight en el cine de arte y ensayo a Black Panther, en el adolescente espacio de las películas de superhéroes. Por cierto esto sigue ocurriendo, y no sólo en temáticas relativas a la raza. El último hype moral es Unbelievable. Yo quiero ver en principio una serie sobre una chica a quien por su historial no le creen que fue violada. Pero no puedo seguir viéndola tras la presentación del primer detective que la interroga, tras el descarte de toda ambigüedad que nos telegrafía el equipo creador mediante dos líneas de texto y una mirada excesivamente marcada. El cine y la narrativa audiovisual son más que arte, por cierto. Pero no dejan de ser arte. Si quieres enviar un mensaje, empaquétalo en un producto que se deja saborear por la tridimensionalidad de sus personajes, por la profundidad de su subtexto, por su carga dramática y estructura general, por la forma de diálogos y por la coherencia de la puesta en escena, hasta hacerlo expresar en imagen y sonido, en presencia humana, lo que es imposible expresar con palabras.
No queremos ser convencidos. No podemos ser convencidos de nada que nos intenten martillar. Sólo podemos ser seducidos y desarmados por la sutileza de una mirada, obligados a ver con esos ojos, como lo consiguen Donald Glover y sus muchachos en Atlanta. Y una vez que lo hemos hecho no podemos mirar el fenómeno como antes. Hemos sido cambiados. Tal vez sea menos militante, pero tácticamente es más efectivo. Si se busca efectos políticos reales, no hay dónde perderse. Y me atrevo a decir que Glover no es menos militante. Sólo es más pillo.

Sebastián Brahm

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